Belén Bianchi

BALSA

Me ahogo.
No se que siento.  No siento nada.
No puedo escribir así.
Quiero que me salga la metáfora, y cuanto más lo quiero, menos pasa.
Extraño a mi planeta.
Mi energía da para transportarme mucho más allá
y sin embargo, estoy acá.
Esta quietud es un bosque sin encanto,
gris, brumoso. 
Es de noche, y se apagaron las estrellas.
Si en este bosque, al menos, me alumbrara la luna
escucharía mi crujir, mientras avanzo.
Me extraño.
Este mundo está cada vez más lejos mío
y con vil amenaza acercarse.
El tiempo aturde. Este bosque muere
y es lo único que tengo.
Quiero cuidar cada centímetro de hoja, seca o no.
Las gotas que caigan en el aire.
Que la mañana refresque mi cara,
me despierte y el sol acaricie los párpados,
para abrigarme.
A veces creo que necesito sufrir una catástrofe 
para estar viva.
Pienso si la dignidad es eso. Sobrevivir a tempestades
o, simplemente, andar sobre mis pasos.
Ir descubriendo huellas,
hundidas en la memoria del barro
donde lo impredecible, siempre puede florecer.
Empiezo a sentir que no nací para este mundo,
a medida que la conciencia me asesina.
Pero es de noche, y no hay luna.
Las estrellas se apagaron. 
Está oscuro
y tan oscuro que se oye,
el temor y la fe, al unísono, me levantan 
y algo muevo mientras muero.
¿Hay que sufrir para sobrevivir? Pero estoy viva.
Podría aparecer un oso, descuartizarme
total, ya no siento nada.
Es como si Marte se hubiera caído de la galaxia
y mi colchón sea el desconcierto.
Ni siquiera diluvia, ni llegué al vacío.
No me importa nada más que lo que hago.
Y si esta ignorancia venera lo conocido
el viento se me clava en el alma.
Yo no se si estoy o ya no estoy. 
Piel y presencia, la misma esencia.
En este naufragio de la luna
donde se ahogó el reflejo,
donde se hundió el rumbo.
En este susto de estrellas,
donde se perdió el refugio.
Huérfano faro de éste mundo,
que dan mis ojos.