Eduardo Embry Morales

Eduardo Embry Morales.jpg

Escritor chileno (Valparaíso). Reside en Inglaterra. Se ha dedicado a la investigación y estudios universitarios sobre la poesía de los cancioneros españoles del siglo XIV, en especial de los cancioneros de Stúñiga y de Baena, de los reinados de Nápoles y de Castilla, respectivamente; de los pliegos poéticos sueltos de Valencia y de los pliegos sueltos noticiosos chilenos impresos en Santiago de Chile en el siglo XIX. Durante su estancia en Venezuela hizo trabajos especiales para el Decanato del Núcleo Sucre de la Universidad de Oriente, en Cumaná, divulgando la vida y obra del sabio venezolano Andrés Bello; resultado de ese trabajo fueron sus ensayos Historia del periodismo en Cumaná durante la época del general Francisco Bermúdez (1825-1830) e Influencia de don Andrés Bello en el periodismo cumanés de 1825, a propósito de sus trabajos Calendario manual y guía universal del forastero en Venezuela para el año de 1810 y Resumen de la historia de Venezuela. 

También ejerció como coordinador de un periódico regional y encargado de actividades culturales del Ateneo de Cumaná. De retorno a Inglaterra ejerció como profesor de español en el City College Southampton y en la Bournemouth University; es miembro honorario como investigador independiente de la Universidad de Southampton. Ha publicado varias colecciones de poesía tanto en su país como en el extranjero; en revistas en España, Chile e Inglaterra, entre las que destacan Revista Urogallo, Revista Atlántica (Diputación de Cádiz, España), The London Magazine (Londres, Gran Bretaña), una selección hecha por el poeta y editor inglés Alan Ross, y revista Index on Censorship (Londres, Gran Bretaña, y Nueva York, Estados Unidos). Autor de la antología poética Libro de los embustes (Ediciones Altazor, 2016).

Editorial

¿Estás pensando editar tu libro?
¿quieres una editorial con plena transparencia?
¿quieres unos precios razonables y ajustados a ti?
¿quieres sentirte apoyado en tu proyecto?
la nueva editorial se compromete a mejorar los versos de sus poetas,
elimina automáticamente falsos adjetivos,
endemoniados gerundios;
pocos son los cupos,
contáctanos de inmediato:
editorial “tinta de agua pura de montañas canadienses”.

Ropero y las demás cosas

Un ropero descomunal pegado en el cielo

le indicó con nitidez el camino:
“deja este lugar, márchate de aquí”,
siguiendo los consejos de aquel árbol pegado en el cielo,
el ropero, sus bisagras, tus tornillos sueltos

y el espejo reluciente,

tomaron el camino

de los cuatro palos

que sujetaban el techo de la casa,
la puerta principal y las ventanas,
las ollas, la cucharas, las tazas
los cuchillos, la mesa y las sillas,
y tras las pocas ropas y otros enseres,

los pocos animales que tenía,
se marchó a nuevas tierras indicadas;
“pórtate bien – le dijeron –

 

Desde aquí, miró hacia atrás,

“¿qué es lo que se me está quedando?”

sus pocas ropas, sus zapatos viejos,

la cabeza, y sin miedo, y sin nada,

colgado en el aire lo podemos ver;

cuando todas las cosas

quedan en reposo, mete el humo blanco

de las nubes dentro de su pipa.

Amor

Aunque he visto brillar el sol,
jamás he adorado al sol,
y para no quedar ciego,
ni siquiera lo he mirado
por largo rato;
he visto avanzar la luna
con todo su esplendor,
y tampoco la he venerado
como hubiese querido:
trabajando más de nueve horas
diarias en una fábrica,
no hay tiempo, ni descanso
para pensar en estas leseras,
amor, ni siquiera alguna vez
he puesto besos
sobre la palma de la mano
soplándolos fuertemente
para que lleguen a ti.

Marchar

(Para Gabriel Salazar)

Marchar, marchar y marchar,
porfiadamente marchando,
desde 1964, marchando y marchando,
aquí conocí a mi novia,
marchando conocí a mis amigos,
marchando llevé pliegos de peticiones,
marchando rompí zapatos,
perdí una chaqueta, la mejor
que yo tenía, la dejé olvidada con las pancartas,
marchando dejaré mis huesos, se hincharán mis piernas,
sentiré dolores en la espalda,
cada vez que marchamos
no pasamos más allá de la raya,
deshicimos la marcha,
marchamos al revés,
retrocediendo llegamos
al punto de partida,
tuve como nunca muchos amigos,
fueron tiempos de fortaleza
y de mucho amor,
aquí fue donde conocí a mi novia,
yo le dije emocionado
mañana volveremos a la marcha,
y todavía hoy, incansablemente,
seguimos marchando.

Decires de Baltasar Gracián

 

A los veinte años un hombre

es un coche de lujo,

a los treinta un coche que,

anda sin gasolina,

casi un león,

a los cuarenta, suave y atento

lo empujan sus cambios automáticos,

es casi un camello,

a los cincuenta todavía

se desliza sin dificultades,

es casi una serpiente,

a los sesenta un artefacto

que ladra y maúlla con la perfección

casi la de un perro automático,

a los setenta es un azar,

casi mono de organillero,

a los ochenta, sopla el viento,

a los noventa, de aquel coche de lujo,

de aquel brillante artefacto,

retrovisores espejos, con honores

condecorado, una tierna chatarra.

Eduardo Embry Morales, Inglaterra

Caballero de los borrones

 

Los que acumulan árboles,

contantes y sonantes,

convertibles en bosques verdes,

los que riegan los jardines

son dueños de las flores;

para saber quiénes protestan,

asómese usted desnudo a la calle,

quizá le digan con buenos modales,

la educación y la prudencia,

para la vida y para la muerte

sigan siendo buenas inversiones;

tal vez se diga

¿quién será quien lo diga?

los actos que en vida usted realiza

mientras pasan los años

son vez más irrepetibles,

invite por esta vía a un ser querido,

póngalo en medio del ruedo,

a dejar sus ropas en casa,

llévelo a la cafetería más cercana

donde ambos aparezcan

tal como dios los trajo a este mundo;

la dama de los sueños

o el príncipe dorado, o quién sea,

lleve adelante una especie de vela roja

contra el demonio, un parche, una hormiga,

y en cada seno, una estrella;

póngase una peluca, para

la buena suerte, abra un paraguas,

el diccionario de caballeros

pedirá a usted mejor compostura,

que respete a los niños y a las damas,

a santa maría, la pinta y la niña,

al lapicero, al caballero

de la mano que borrones todo lo que escribe.

Soledad

La soledad es una mano sola,
una mano con dos o tres dedos
que demoran siglos en moverse;
la soledad es un pie
en busca de la horma de su zapato,
es el perfil equivocado
de la cordillera de los Andes;
la soledad es el otro extremo
de un tren que pasa a la misma hora
como si llevara de carga
otro tren de hierro, piedras y tomates;
la soledad que yo no siento
pasa por debajo de mi casa
como un desierto
inventado por beduinos
que al desplazarse a toda máquina
dejan atrás los espejismos
llenos de aguas malditas
¿hay en el mundo un objeto
más solitario que una pirámide?
para combatir la soledad
me he comprado un perrito enano;
lindo sería ver los desiertos
repletos de blancos veleros.